TLC renegociado o un Tratado maltratado

Estamos en las vísperas de las negociaciones para modernizar y actualizarel Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el TLC.

En la renegociación, nos dice el secretario de Economía, habrá días buenos, días malos y días peores, será como una montaña rusa. La franqueza de su inconsciente nos deja ver, desde ahora, lo que muchos nos tememos desde antes: que nos va a ir como en feria.

Entramos a la renegociación del peor tratado de los Estados Unidos –Trump dixit–, simplemente por obra y gracia –para nosotros desgracia– del señor Trump, obligados por su capricho, su promesa electoral y su autoritaria decisión y por la obsecuente, sumisa y a la vez temerosa actitud de nuestros gobernantes, decisión del presidente estadunidense que contiene una doble intensión: el proteccionismo a sus intereses y la mayor apertura de los nuestros, o dicho de otra manera, proteccionismo en EU y liberalización en México.

Los objetivos de la parte estadunidense, ya explícitos, se orientan hacia la negociación de diferentes asuntos: los desbalances comerciales –naturalmente refiriéndose al déficit comercial estadunidense que considera estadísticas de exportación-importación y no realidades de producción como la maquila–, la competitividad regulatoria –obviamente para imponer las regulaciones estadunidenses–, la propiedad intelectual –para proteger, claro, su industria y sus patentes–, la protección de sus inversiones, reglas laborales que no creen ventajas competitivas por salarios bajos, restricciones a las empresas paraestatales, a la proveeduría gubernamental y a la soberanía en política monetaria, así como a la intención de ajustes en materia de resolución de controversias. En suma, un catálogo que se separa del diálogo diplomático de una renegociación de ganar-ganar de todos, para dirigirse a un contrato de adhesión trumpianade ganar y ganar para los estadunidenses.

Frente a este catálogo, el gobierno mexicano, que no tiene definidos sus objetivos y espera la agenda que dicte Trump, disfraza sus carencias con la infantil explicación de que no revelará sus estrategias –¡qué inteligente sagacidad!–, porque no se deben mostrar las cartas a la contraparte.

Pero independientemente de los objetivos anteriores y las circunstancias por las que atraviesan nuestro mutuos gobiernos y que nos hacen particularmente vulnerables, hay un tema delicadísimo que tiene que ver con nuestra seguridad energética y por lo tanto con nuestra soberanía y es la intensión del gobierno estadunidense de introducir en la discusión, para abrir un capítulo en el Tratado, de lo que llaman la seguridad energética e independencia de Norte América.

Aquí, como bola boba, pretenden deslizar el entendido de que Norte América es la región de la que formamos parte, aunque sabemos que para ellos Norte América es para los americanos y la seguridad energética que pregonan es la suya, ya que aunque producen 10 millones de barriles de petróleo al día, consumen 20 y quieren nuestro crudo para procesarlo ahí y en el mejor de los casos, vendernos, como ahora sucede, los petrolíferos que requerimos y que en buena parte no producimos por una política absurda, desnacionalizada y entreguista de nuestros gobiernos recientes.

Como sustento de nuestra preocupación están las declaraciones de nuestro secretario de Energía que, como prestidigitador, transforma nuestras desgracias en éxitos. Hace unos días, en rueda de prensa con su contraparte estadunidense que nos honró con una oportuna visita a nuestro país –¿a qué vendría Perry a México?–, declaró horondo, orgulloso, que México es el gran socio comercial de Estados Unidos, pues la relación comercial de energéticos y petroquímicos es del orden de 30 mil millones de dólares al año. Así es, les vendemos crudo y ellos nos venden combustibles, gas y petroquímicos. Les vendemos naranjas y ellos nos venden jugo de naranja, que después de la exprimida nos dan a precio de oro.

Las declaraciones de nuestro secretario de Energía sobre la necesaria modernización del Tratado en vista de los grandes cambios que ha habido desde sus suscripción, como nuestra reforma energética, son clara indicación de sus propósitos y de su aquiescencia a las aspiraciones estadunidenses.

Ante este panorama, un grupo de ciudadanas y ciudadanos mexicanos conscientes y nacionalistas, ha hecho un pronunciamiento público, expresando nuestra enérgica oposición a incluir en la renegociación del TLC el sector energético, que quedó reservado en el tratado aún vigente, por cuestiones estratégicas y de seguridad nacional.

Los mexicanos debemos estar vigilantes del comportamiento de nuestros renegociadores y exigirles patriotismo y dignidad.

 

Javier Jiménez Espriú
Twitter: @jimenezespriu
jimenezespriu@prodigy.net.mx

Artículo publicado en La Jornada:
http://www.jornada.unam.mx/2017/08/04/opinion/016a1pol

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