Discurso al recibir el Premio Nacional de Ingeniería

Recibo el Premio Nacional de Ingeniería 2008, con la humildad que exige la conciencia de que si existieran motivos suficientes para tal honor, hay muchos colegas que no lo han recibido y que lo merecen con iguales o mayores prendas que las que el Jurado consideró de mi persona.

 

Al aceptarlo en el momento en que el mundo todo  se debate en una crisis de múltiples aristas y cuando nuestro país la enfrenta sumando sus ineludibles consecuencias a los enormes  rezagos sociales que arrastramos de décadas y que se han acentuado en los últimos lustros, me obligo a una reflexión crítica sin atenuantes ni disculpas, sin subterfugios ni evasivas. Con la verdad, la mía naturalmente.

En alguna ocasión decía que cuando se recibe un reconocimiento como el que hoy me concede nuestra inveterada Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, institución creada también en momentos difíciles por la visión de estadista de Don Benito Juárez, se adquieren, a un tiempo una responsabilidad y un derecho.

 

La responsabilidad consiste en esforzarse para actuar siempre a la altura del honor que se recibe y el derecho lo entiendo como una licencia que el gremio otorga a uno de los suyos y se convierte en obligación ineludible, para decir sin ambages, sin cortapisa alguna, todo cuanto dictan la experiencia, el conocimiento y la razón, pero también la emoción, el amor y las pasiones; las tristezas y las alegrías profesionales y ciudadanas; las ilusiones, los éxitos y las frustraciones; las limitantes y las posibilidades que se perciben, con actitud constructiva y nacionalista.

 

Para expresar como dice Quevedo en su Epístola Satírica:

 

“No he de callar, por más que con el dedo,

ya tocando la boca, o ya la frente,

silencio avises, o amenaces miedo”.

 

Y decir por tanto todo lo que sentimos y lo que sabemos, sin pretexto que valga para el silencio o para la abstención, con tal de que sirva para la construcción de un futuro mejor.

 

He sido, desde mi ingreso a la Universidad, testigo y en momentos protagonista de más  de medio siglo del devenir de México y de la  participación de la ingeniería mexicana en la construcción física, política, cultural y social de nuestra Nación. Sé lo que la ingeniería mexicana es capaz de realizar, porque lo he visto y vivido y conozco bien lo que los ingenieros mexicanos que nos precedieron hicieron en momentos lúcidos de nuestra historia y que testimonia que cuando las decisiones políticas se sustentan en el talento de los mexicanos y en los intereses de la Nación, encuentran solución nuestros problemas y se consolidan nuestras aspiraciones de independencia y de soberanía.

 

Hace doce años, cuando me hicieron Miembro de Honor  de la Academia de Ingeniería, hablaba del “Futuro de México sin Ingeniería Mexicana” y advertía de la tragedia de nuestra Patria si no cambiaban las políticas que entonces  conducían a la pauperización nacional de esta disciplina fundamental para nuestro desarrollo.

 

No se necesitaba espíritu profético para describir el desenlace; un elemental pero objetivo análisis de las tendencias no dejaba margen a la duda. Ni se necesita un crítico demasiado acucioso para constatar que el futuro de corto plazo de entonces es hoy un presente con mayores rezagos y con severas incertidumbres.

 

Hace un par de meses, al recibir el mismo honor de nuestra Academia el ingeniero Guillermo Guerrero Villalobos, se lamentaba del estado de la ingeniería civil mexicana, otrora poseedora de un gran prestigio nacional e internacional y realizadora de grandes proyectos de infraestructura, justamente por el desmantelamiento de nuestras capacidades, particularmente en las oficinas y en las empresas públicas, causado por esas políticas irracionales, por los oídos sordos de quienes, por convicciones o intereses personales, por desconfianza o por ignorancia, estando en los puestos de decisión ven con indiferencia lo propio y se inclinan con reverencia servil ante lo ajeno.

 

A este respecto, viene a mi memoria la frase del tristemente célebre Fouquier Tinville, quien en respuesta a la solicitud que formulara el famoso químico Lavoisier, para que se pospusiera la fecha de ejecución de la sentencia que le había sido dictada, a fin de terminar su obra científica, contestó tajantemente que “la república no tenía necesidad ni de sabios, ni de químicos”.

 

Pero si eso provocó una desaprobación incontenible allá en el siglo XVIII, en el XXI, el siglo del conocimiento, cuando la ciencia y la tecnología trastocan para bien y para mal la vida toda de las sociedades modernas, cuando marcan ineludiblemente el rumbo de la historia, los mismos criterios resultan inadmisibles.

 

Lo señalo así, porque, la frase bárbara de Fouquier Timbille aparte, no es diferente de hipotecar el futuro con recortes presupuestales a las universidades, con magros y disminuidos presupuestos para el desarrollo de la ciencia y la tecnología o con simulaciones de reformas a la educación que atienden a negocios personales y a intereses políticos corporativos y no a la verdadera búsqueda de la calidad y la superación de los mexicanos.

 

Como no es distinto tampoco, el entregar “llave en mano” a los dueños del dinero, que en general suelen ser extranjeros, el diseño, la construcción, la selección de tecnología de los escasos grandes proyectos nacionales que se logran emprender.

 

Cómo no reconvenirme entonces, ante el reconocimiento con que me honran mis colegas, lo poco efectivo de mi esfuerzo ante el estado de mi comunidad.

 

Cómo no sentirme apesadumbrado y comprometido en un país con pobreza creciente y sin un plan sólido para contenerla; con el fantasma del desempleo o el sub empleo estrangulando a miles de familias y amenazando a miles más;  con una industria de la construcción y con una industria petroquímica desmanteladas, con una industria de bienes de capital deshecha, con una industria de manufactura a la baja y sin una política industrial; con una educación da escasa calidad y sin una política educativa racional; con nuestra fuente de recursos de hidrocarburos en declive, con yacimientos sobreexplotados irracionalmente y una empresa nacional manejada sin criterios nacionales y sin una política energética; en suma, como no angustiarse en un enorme país lleno de necesidades, aunque también pleno de recursos, pero en el que no existe proyecto de Nación y en el que la reacción, la improvisación, la ignorancia, la corrupción y la incertidumbre delinean el horizonte de nuestro futuro.

 

Cómo ignorar la fragilidad de nuestro porvenir, cuando, por las razones que sean, pero todas tienen como común denominador la falta de planeación, de sensibilidad política, de conocimiento, de compromiso, de ética –a cuyo desapego debemos la mayor parte de nuestros fracasos, de nuestras carencias y de nuestros problemas-, vemos que se suspenden grandes proyectos, se realizan otros –que no debieron nunca haberse iniciado y se ignoran en algunos que debieran considerarse impostergables.

 

 

Debemos oponernos a las decisiones infundadas y a las omisiones inexplicables, que esa también es nuestra responsabilidad, pues tan grave es el decidir sin saber o el saber sin decidir –crónica de nuestra cotidianidad-, como el callar cuando se sabe que lo que se decide está mal, o que no se decide lo que decidirse debiera.

 

¿No son indicadores de una problemática desatendida o mal atendida nuestros enormes rezagos en todos los ordenes sustantivos: salud, alimentación, educación, ciencia, tecnología, infraestructura, crecimiento económico, empleo?; ¿no lo son también el incremento de la drogadicción juvenil, de la inseguridad y la violencia que asolan a nuestra sociedad, así como su desesperanza y desencanto?

 

“Todos somos culpables de todo, ante todos”, decía Dostoyevsky, y en mayor grado quienes hemos tenido el privilegio de ir a la Universidad.

 

Acabemos con esa sentencia que Gabriela Mistral marcaba como una  indicadora: ” todo el desorden del mundo viene de los oficios y las profesiones mal o mediocremente servidos”, “político mediocre, educador mediocre, médico mediocre, sacerdote mediocre, artesano mediocre, esas son -nos decía- nuestras calamidades verdaderas”, porque estas calamidades, expresadas así hace ya muchas décadas, siguen siendo, con las excepciones que nos dan esperanza,  crónica también de nuestras realidades.

 

Estamos por conmemorar el bicentenario de la iniciación de la lucha por nuestra independencia y el centenario de la revolución social de nuestra Patria y desde luego también, el de nuestra Universidad Nacional.

 

No lo hagamos limitándonos a iluminar el cielo con fuegos de artificio, ni con desfiles con carros alegóricos, ni con discursos inspirados por las próximas elecciones, ni con fiestas porfirianas en las que todos se querrán disfrazar de insurgentes o de zapatistas, aunque abajo del disfraz y grabados en el alma tengan mas los sentimientos de Almonte que los de Morelos.

 

No lo hagamos tampoco solicitando clemencia y buenos modos, reconsideración y contriciones, a quienes en las altas esferas del poder nos han sentenciado a la decadencia, a quienes desoyendo “los sentimientos de la Nación”, aunque públicamente los invoquen, nos conducen por un camino de mayor dependencia y subordinación, ampliando la brecha de los marginados y limitando las posibilidades de futuro.

 

Hagámoslo levantándonos otra vez en armas, luchando para rescatar nuevamente nuestra independencia tan mancillada por los dogmas imperiales de la globalidad y para revalorizar los postulados de una nueva revolución que combata la iniquidad que agobia a una sociedad con lacerantes y ofensivas desigualdades.

 

Hagámoslo hoy, con las armas de la razón, del talento, de la inteligencia, del conocimiento, de la ética,  de la democracia; con el arsenal con que nos ha dotado la Universidad Pública, esa, a la que Justo Sierra se refería en su discurso de inauguración de la Universidad Nacional cuando decía: “No queremos que en el templo que se erige hoy, se adore una Atenea sin ojos para la humanidad y sin corazón para el pueblo”.

 

Rechacemos el papel que nos proponen quienes piensan en nuestro “destino manifiesto”, para ser los albañiles de los constructores extranjeros y seamos los arquitectos de nuestro destino.

 

Hagámoslo, en este momento particular en el que más que nunca “México está desgarrado en su piel externa” y “el pueblo está quebrado a la mitad por la pobreza, la memoria y la esperanza” -los describo con añejas pero vigentes palabras de Fuentes-, subrayando la importancia de una cruzada por nuestros valores, por nuestros principios y por nuestros haberes, que debe ser mas valiente, mas ardua, mas evidente y sobre todo mas efectiva.

 

Para ratificar así, que hoy menos que nunca debemos cejar en nuestra lucha por la educación, la ciencia y la cultura que es la lucha por la libertad, y en la defensa de la universidad pública, y del patrimonio, de la soberanía y de la independencia nacionales.

 

 

Me siento privilegiado al proponerlo, gracias al honor recibido de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, en este magno sitio, en el gran patio de esta Casa que fue la primera Casa de la Ciencia en América; cuna, sede y símbolo de la ingeniería mexicana, de la que han salido hombres como Mariano Jiménez, Casimiro Chowell, Rafael Dávalos, Ramón Fabié, Vicente Valencia,  cuyos nombres se recuerdan en sus arcadas, no solo por sus contribuciones a las ingenierías que aquí estudiaron, sino -por los valores que abrevaron aquí-, por la ofrenda de sus vidas al lado de Don Miguel Hidalgo en la lucha por nuestra Independencia  o como Valentín Gama, Alberto J. Pani y Pastor Rouaix, uno de los artífices de los artículos 27 y 123 de la Constitución, por sus aportaciones fundamentales a las causas de nuestro movimiento revolucionario,

 

Para México, el reto del 2010 sigue siendo el de 1810 y el de 1910; la actuación de los ingenieros de hoy no sólo como técnicos eficaces, sino  como hombres concientes de su papel social, por su valor y su valer, será decisiva. Su adecuada orientación hará que ese reto sea estímulo, que las acciones sean oportunas y que los resultados sean efectivamente soluciones para  que el mejoramiento de  la calidad de la vida  llegue a toda  la  población, pero sobre todo y más rápidamente a los más necesitados que lamentablemente siguen siendo, como hace cien y doscientos años, mayoría.

 

Ya antes del grito de Dolores, el Padre Hidalgo promovía oficios artesanales, porque señalaba que “deberíamos dejar de exportar los frutos de nuestra pobreza”.

 

Doscientos años después, no podemos renunciar a nuestro propio desarrollo y seguir vendiendo materia prima y mano de obra o talento  baratos y esperar a que los nuevos hombres blancos y barbados de otros lares vengan a resolver nuestros problemas.

 

Empeñémonos en una gran cruzada, en un movimiento gremial y ciudadano por la dignificación profesional y por la participación de los que saben, que son muchos, en la atención de los grandes asuntos nacionales, que sólo así podremos resolverlos.

 

Por hacer lo que debemos y sabemos hacer, para volver a hacer lo que ya hemos hecho y dejamos de hacer; para ser lo que debemos ser y no lo que otros quieren que seamos o algunos creen que debiéramos ser.

 

“Cualquiera tiempo pasado…” ya pasó, pero la memoria guarda el testimonio de nuestras capacidades y nos obliga a empeñarlas para lograr el futuro que todos deseamos.

 

Hagámoslo sin reservas ni demoras.

 

Sr. Rector, estimados amigos:

 

Termino expresando a todos mi gratitud por este momento y por todos los momentos anteriores que lo han hecho posible.

 

A mis colegas, a la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México y al Jurado del Premio Nacional de Ingeniería, que con el honor con que me distingue su benevolencia me permiten, una vez más, alzar la voz.

 

A mis amigos, los que están y los que ya se fueron, por su apoyo permanente.

 

A mi Facultad de Ingeniería y a sus maestros, por haberme formado para gozar de esta profesión extraordinaria.

 

A mis alumnos y discípulos, porque su talento ha permitido que en alguna medida hayan sido útiles mis enseñanzas.

 

A la Universidad Nacional Autónoma de México, mi Universidad –permítaseme apoderarme de ella por un momento-, a mi Alma Mater que es también el Alma Mater de la Nación, por haberme formado en y para la libertad, la verdad, la ética, la solidaridad social, la cultura, la crítica y la tolerancia.

 

A mi Patria, por haberme concedido el privilegio de ser mexicano.

 

Y a mi Familia, síntesis de todo cuanto de noble y bello me ha pasado en la vida: amor, felicidad, lealtad, ética, comprensión y Patria.

 

Gracias a todos

 

 

Javier Jiménez Espriú

Palacio de Minería, diciembre 11 de 2009.

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